Revista LIBRA
¿Nuevos Desafíos para el Discurso Jurídico?
por el Lic. José Luis Gonzales

La MEDIACION no es algo nuevo en el mundo pero sí muy reciente en nuestro medio. Aún no siendo ni mediador ni abogado, tenemos el privilegio de compartir el esfuerzo y el entusiasmo de los "adelantados" con-nacionales que vienen bregando por su instalación y promoción; a este esfuerzo humildemente nos sumamos.

En tanto atravesados por las ciencias sociales, la psicología y en particular el psicoanálisis, forjados por prácticas signadas por una necesaria interrelación con el derecho y con su centro en el sufrimiento humano, obviamente, la mediación no nos resulta un tema ajeno.

Intentaremos establecer sólo algunas puntuaciones, producto de la resonancia del discurso de Bárbara HULBURT, quien ha dejado entre nosotros una pléyade de imágenes, de sensaciones y sobre todo de palabras, muy difíciles de olvidar.

Por su trabajo, agudeza y sensibilidad, se hizo merecedora de los mejores adjetivos de nuestra lengua, la cual además domina, con el aditivo de su gracia natural.

Los puntos que pretendemos formular, pues un desarrollo mayor excede las posibilidades de este espacio, se referirán: al litigio como una forma de resolución de disputas; a las resistencias a la mediación como otro método, y finalmente, algunas consideraciones sobre el dispositivo de la mediación, guardando estos tres aspectos una relación de implicación.

Las palabras de B. Hulburt han promovido reflexiones desde nuestro lugar, en tanto provienen de una profesional del derecho que se instala en el lugar del mediador.

Desde allí, sin apartarse un ápice de su deseo de serlo ni de ser abogada hasta las últimas consecuencias, aboga por la mediación, por este camino para la resolución de disputas que desafía al tradicional "litigio". Cuestiona la fama de su eficacia y consigue dar un asesto a las ilusiones -sostenidas en gran parte por intereses y también por ignorancias de que pleitear es el método "prínceps" para desanudar conflictos.

El litigio

Sostenemos que el juicio, tan caro a la Justicia y a la sociedad y sobre todo y nada menos a las personas, no posee gratuitamente su investidura: por una parte es tributario de la sintaxis y circulación del discurso jurídico, por otra, debido a antiquísimas cuestiones de escuela, el diploma y la matrícula de abogado consagran su identidad y su valía si y sólo sí "se hayan llevado juicios..."

Esto no se puede ignorar. Aun cuando estos dos puntos no agotan en absoluto los niveles de análisis que admite la entronización de la pelea mediante "representantes" de las partes en disputas para que un tercero, el juez, dirima sobre las posiciones de los implicados. Este tercero establece una "verdad" sobre la cuestión, resultante de su interpretación de la Ley aplicable a ese caso en particular. Este párrafo, condensa ex profeso una serie de cuestiones cuyo desarrollo exceden los límites de este trabajo.

Las resistencias a la mediación

Sobre este problema, razonablemente y con -tan fundamento, Hulburt insistió, sobre todo entre sus colegas. Ubicó los obstáculos muy dignamente entre sus pares y del lado de la naturaleza misma de la práctica del derecho, básicamente a partir de los paradigmas instalados desde la formación académica.

Podríamos añadir a este punto, otra dimensión digna de ser analizada y revisada en su pertinencia: el "cliente" pide, espera, demanda del abogado, un juicio; hay un llamado a la acción en defensa de sus derechos o más bien de su posición, por este camino. Allí se instala en la relación como "defendido": se siente en consecuencia protegido, interpretado, sostenido.

Lo que subyace a este posicionamiento entre abogado defensor y "cliente" -por vía del discurso jurídico- es una respuesta a ese pedido que podría metaforizarse así: yo sé sobre lo que a Ud. le pasa y quiere, pero Ud. no puede; YO SI,"YO lo represento". El cliente se entrega a este saber que le supone al defensor. Cuando lo representa, es el mismo. Se somete.

Cuando el abogado no responde de esta manera -en esta escena clásica el cliente puede buscar otro abogado "que lo defienda", "que lo interprete", o lo que es peor "QUE SEPA".

Es una situación simétrica, por ejemplo, con el acto de medicar por parte del médico. Si la consulta no concluye con dicho acto, la sensación del paciente es de no ser debidamente atendido o interpretado en su dolencia o en su preocupación, y esto le es reclamado al médico en esa evidencia consagrada de saber, que es conocer EL REMEDIO. En ambos casos y donde los discursos tanto médico cuanto jurídico coinciden, (en cuanto al carácter velado de las cuestiones de poder) hay un condicionamiento por parte del demandante de la intervención, una presión frente a la cual se suele contestar sin más. Al responder a ella, se consolidan los lugares asignados y los ideales esperados para una y otra parte.

En las dos situaciones subyace el ocultamiento del poder en juego: hay un llamo" que se asume como tal, a la vez consagrado y sostenido por el "esclavo". No es distinto en gran parte de las terapias psicológicas basadas en tácticas manipulativas y "orientadoras".

Volviendo a la mediación, respecto de la construcción del lugar que merece -Hulburt lo acentuó al denominarla forma de resolución de disputas, quitándole el adjetivo "alternativa", refirmando la misma actitud de la Dra. Gladys Alvarez- no sólo deberá enfocarse la resistencia del lado de los actores formales del discurso jurídico, sino de quienes lo integran y también lo sostienen, a saber: los potenciales usuarios o clientes.

Estos, los sujetos del conflicto, deberán saber que esta otra forma es también un derecho, pueden optar y en consecuencia pedir la resolución de su conflicto vía mediación. Esto, entre otras cosas contribuirá a que el abogado no sienta que traiciona ninguna tradición si no encara un juicio

El dispositivo de la mediación

Si hay algo que nos impactó como propuesta de una práctica del derecho -si bien la mediación no es exclusiva práctica de los abogados- es una gráfica descripción del mediador en un lugar "tercero" en relación a los oponentes en conflicto; una posición abstinente de sus propios juicios sin aconsejar.

El consejo es siempre juzgar, sólo que de manera velada; es imponer con mayor o menor grado de sugestión la propia moral; es alienar al otro, ofreciéndose como ideal, de forma más sutil. Siempre con buenas intenciones, y aun cuando sabemos que las buenas intenciones no son suficientes, el consejo es ejercicio del poder basado en el saber que se le supone a quien aconseja.

Nos referimos a una dimensión del consejo que toca los contenidos subjetivos del conflicto, sus motivaciones más profundas que son las que sustancian la adopción de una posición en torno al mismo.

Solidaria con esta posición en cuanto no tomar partido ni sustituir al Juez -cuando se aconseja se lo hace pero en otro sentido- la función del mediador se metaforizó con una boca muy pequeña: hablar poco o nada (en el sentido de influir). Y algo muy importante: con orejas muy grandes.

He aquí una convocatoria a valorizar el escuchar, permitir que cada uno "cuente", desarrolle su discurso desde su lugar, para finalmente "crear", en el sentido de proponer una solución digna para la posición de ambas partes, que desanude la controversia.

Así planteado el dispositivo, la "solución", queda en mano de los involucrados: es su producto -y de mantenerse verdaderamente abstinente el mediador- el resultado es una elaboración conforme a los parámetros éticos de aquellos.

Considerarnos que éste es un punto nodal, que abrocha varias cuestione concurrentes.

La propuesta nos llama la atención por que la convocatoria a "cerrar la boca" todo lo posible, reduce la fascinación de la palabra del que se supone que sabe y puede, y por consiguiente, reduce también su poder de sugestión, en el sentido ir/decidir en lugar del otro.

En segundo término y concomitantemente "agrandar las orejas", tiene como en el caso anterior derivaciones en el sentido que para el sujeto, Para cada uno en la disputa, la verdad es "su" verdad. Esta puede desarrollarse en un contexto que admita verdaderamente el despliegue de su discurso. Su verdad está en lo que cuenta. Para ello tiene que haber alguien que se ofrezca a escuchar. También éste -aquí el mediador- es depositario de una suposición de saber y en consecuencia le es conferido poder.

Cabe agregar que en buena medida los aspectos más profundos de un conflicto están en lo que no ha podido ser dicho. En esta dimensión, el propio sujeto puede vislumbrar su propia contribución al mismo. Por lo tanto -aun cuando no siempre- puede hallar el mismo una dirección que le sea propia para resolver lo que lo aqueja, en el vínculo con el otro de la disputa.

Finalmente, otro punto llamativo: escuchamos que en la experiencia de la mediación se advirtió -como sabemos también en muchos otros dominios que en los conflictos tan frecuentes como por ejemplo por razones económicas, se encubren "otros" motivos. Es decir, el conflicto manifiesto encubre razones de otra índole que aluden a cuestiones de la interioridad de los involucrados, normalmente desconocidas para ellos. Aquí hemos sintetizado casi groseramente una temática muy compleja que, obviamente va más allá de la mediación y del derecho mismo.

Pero conceptualizar y tener presente esta dimensión, plantea como aporte, la delicada cuestión de los bordes de cada práctica, esto es, hasta dónde se puede y se debe llegar y dónde hay que reconocer la imposibilidad: la de la disciplina por un lado, y la del operador por otro.

Sabemos que quedan abiertas muchas cuestiones: algunas no mencionadas, otras apenas esbozadas. Para intentar algún tipo de cierre señalaremos que en el texto precedente hay muchas formulaciones articulables con el discurso psicoanalítico, sugeridas fundamentalmente por el dispositivo de la mediación. Pero no debe prestarse a confusión.

Nos resulta evidente que los conflictos en juego susceptibles de resolverse por la mediación no son, los que son objeto del psicoanálisis; la valoración del escuchar del mediador no se superpone con la escucha psicoanalítico y que la ética que subyace no es la ética del psicoanálisis.

La mediación, advertimos con satisfacción, cuestiona y desafía indudablemente la certeza y los lugares clásicamente entronizados por el discurso jurídico de raigambre más positivista y nos parece más bien solidaria de la posición crítica de dicho discurso. Pero la mediación como práctica pertenece, integra, -y no puede ni debe ser de otra manera- al discurso jurídico mismo, como estructurante y estructurado en el complejo de las relaciones sociales en la que tiene lugar.

Por cierto, y esto sí no puede ser inadvertido, propone una inflexión a la práctica tradicional; subrayamos doblemente: la mediación -dentro de la práctica del derecho- propende a resolver conforme a los valores de las personas involucradas, pretende introducir otra concepción de la subjetividad, que es lo disruptivo en el discurso jurídico y algo, que quizá haya sido el disparador de nuestro deseo de decir algo al respecto: toma una posición en relación al sufrimiento humano, buscando con sus herramientas, acotarlo.

El psicoanálisis tradicionalmente se ha ocupado mucho más del discurso jurídico que éste de los hallazgos del psicoanálisis. Creemos que hay mucho más para articular, para enriquecerlos recíprocamente con un entrecruzamiento disciplinario. Por ello apostamos a que la mediación, entre otras prácticas, nos desafía a escucharnos de otra manera.

José Luis Gonzales
Psicólogo
Director Ejecutivo de la Fundación POR NUESTROS HIJOS