Revista LIBRA
La Mediación también educa

"La mediación constituye un instrumento educativo relevante, que modifica la actitud de las partes hacia el conflicto y su grado de participación en la solución del mismo, desarrollando simultáneamente un comportamiento profundamente fortalecedor de la organización democrática".

Las características distintivas de la mediación, como son la auto- composición y su acento en el futuro de las relaciones entre las partes, así como las particularidades de los principios sobre los que se apoya, como es la cooperación, diseñan un itinerario que los partícipes han de seguir bajo la orientación certera del mediador, y que, además de traer una solución a su disputa actual, probablemente sembrará una dirección fecunda en la forma de vivir los conflictos en el futuro, y proyectar su salida.

Es precisamente en este aspecto educativo donde quiero centrarme.

En primer lugar, el mediador esclarecerá el camino con su habilidad para detectar, junto con las partes, los aspectos subyacentes del conflicto, e intentará una exploración que permita reestructurar el cuadro de la controversia.

En esta tarea, despejará las emociones en tanto signifiquen un obstáculo para el progreso del acuerdo, pero capturándolas en la medida que su presencia ayuda a la comprensión más abarcadora del problema, y sin olvidar que éstas, transformadas positivamente, propiciarán luego, en su caso, el cumplimiento de lo pactado.

A esta altura las partes ya habrán ido distinguiendo y ordenando los elementos caóticos de su conflicto y empezarán a percibir sus facetas con mayor nitidez.

Probablemente aún no vislumbren su salida; sin embargo, me parece que algunos indicios transformadores en el sujeto participante ya se han operado: un creciente traslado del eje de la discusión hacia el aquí y ahora, en desmedro de la historia del desacuerdo; un énfasis en el problema a resolver y no en las personas, y mucho menos en la propiedad de las ideas existentes y en los errores de las mismas. Si no se atiende a la demostración de los errores, y si las ideas dejan de ser de cada uno para ser de ambos, es más fácil cambiarlas, y ello no conlleva desprestigio ni resentimiento. (Del Bono, Edward "Conflictos", pág. 34, Ed. Planeta, 1990). También han tomado conciencia de los sentimientos ocasionados por el conflicto, e intentan enfrentarlos de una manera efectiva, lo que, como he dicho, implica integrarlos sin permitir que se vuelvan perturbadores de las preocupaciones racionales (Folberg Jay y Taylor Alison, "Mediación, resolución de conflictos sin litigio, Ed. Noriega, Limusa, Méjico, 1992, pág. 33).

Esta secuencia exploratoria que realizan las partes, guiadas por el mediador, conduce a reestructurar la situación. Es decir, "cambiar el propio marco conceptual o emocional, en el cual se experimenta una situación, y situarla dentro de otra estructura que aborde los hechos correspondientes a la misma situación concreta igualmente bien o incluso mejor, cambiando así por completo el sentido de los mismos... 0 como lo expresó ya el filósofo Epicteto en el siglo 1 de nuestra era: no son las cosas mismas las que nos inquietan sino la opinión que tenemos acerca de ellas" (Watzlawick Paul y Otros, "Cambio", cap. VIII, "El delicado arte de reestructurar", pág. 120, Ed. Herder, 1986).

Entiendo que este esfuerzo organizador de los elementos del conflicto, implica para las partes un cambio en la óptica tradicional de la disputa, quizá no vivida hasta ese momento.

Aunque no se fijen realas o inferencias explícitas a partir de este cambio, se marca la posibilidad intuitiva de un actitud diferencia hacia el problema, que vivida en el caso como una experiencia directa y personal, imprime en nuestro pensamiento un surco que probablemente se recree y ahonde ante una nueva situación que reconozcamos como análoga (en el mismo sentido, De Bono, obra cit. pág 21).

Superada en cierta forma la etapa de la diagramación del conflicto, donde han quedado deslindadas las posiciones, las necesidades y los valores en juego, pueden las partes enfrentarse con el momento de probable estancamiento que sucede a la percepción de todas las aristas del conflicto. Pienso que vivir esta desesperanza transitoria, a la vez que esta necesidad de avanzar en la búsqueda del proyecto de salida, también implica un paso importante en el aprendizaje de este nuevo enfoque del conflicto.

El mediador aportará entonces su creatividad para estimular a las partes para que generen senderos posibles y comunes para salir del desacuerdo.

Este es un momento de desafío para la creatividad y la cooperación. La creatividad encuentra buena parte de su alimento en el clima de distensión que nace de la cooperación y de la consecuente instalación de un diálogo entre las partes. El diálogo implica un intercambio no de una parte para la otra, ni tampoco de una parte sobre la otra, sino de una parte con la otra. Este esquema de relación entre las partes no es otra cosa que la base de una educación auténtica, donde a través de la comunicación se construye la salida con el otro.

Paso a paso, analizando cada alternativa, desechando y aceptando parcelas de cada una, las partes van gradualmente autocomponiendo su solución, y transformando la realidad de su conflicto para el futuro. Esta futura realidad autocompuesta por ellas, punto por punto, superando las perturbaciones de la desavenencia, cuenta a favor de su futuro cumplimiento con la energía favorable de quien ha intervenido directamente en el esfuerzo de solución.

En segundo lugar, entonces, la totalidad de esta tarea de participación, facilitada por el mediador, por la cual las partes avanzan por un laborioso camino hacia el acuerdo, consolida una experiencia formativa indudable en otro sentido no menos importante: las partes, a diferencia de lo que prevalecientemente sucede con otros métodos, han de sentirse protagonistas en la búsqueda de la solución. En lugar de desentenderse -con ingenuo alivio a cierta altura del conflicto, creyendo haber hecho lo más posible para zanjarlo, y confiar en que la decisión del tercero -llámese árbitro o juez- ha de satisfacer su necesidad de justicia, las personas enfrentadas retienen para sí cada término de la decisión que han de adoptar, con un sentido recíproco, configurando un curso de acción hacia el futuro, que probablemente aspiran a cumplir ya que ellos mismos lo han trazado.

En esta actividad se ha producido un efectivo retorno de la responsabilidad -tradicionalmente delegada a un tercero- de intentar por sí, a fondo, una salida mutua.

Un tercer logro a partir de la experiencia de transitar una mediación es que las partes han avizorado un nuevo modelo para encarar las nuevas desavenencias con las que deban enfrentarse en el futuro. Si el procedimiento puede mostrar en el caso la riqueza que contiene, es altamente probable que los partícipes recurran posteriormente a este medio de resolución para sus nuevas dificultades, ya que no sólo han desarrollado un compromiso con el resultado sino también con el proceso que los ha llevado al mismo.

Pero aún hay más. Mirada desde el punto de vista social, esta forma de asumir la propia conciencia de las decisiones concuerda con un sentido profundo de la vida en democracia, es decir, la hipótesis de que la educación para la democracia se desarrolla gracias al ejercicio mismo de la práctica democrática, y que ésta encierra la posibilidad de que muchos de nuestros desacuerdos se solucionen, cuando la índole de los mismos lo permita, bajo criterios que nosotros mismos propugnaríamos.

Desde este punto de vista, el beneficio más sobresaliente de la mediación, más que evitar el dispendio de esfuerzo, tiempo y dinero que implica el litigio, lo constituye la autodeterminación de las partes, alentadas así a evaluar y satisfacer consensualmente sus propias necesidades.

María Elena CARAM
Abogada y Mediadora.
Docente de la Fundacion Libra.
Profesora Adjunta de Filosofía y Teoría General
del Derecho en la U.B.A.