Revista LIBRA
Mediar en el ambiente entero

Los conflictos en materia ecológica generalmente nacen debido a diferentes puntos de vista acerca de cuál es la política adecuada para encarar un tema. Así, si la autoridad o concesionario decide construir una represa y una planta generadora de electricidad, es probable que una voz se alce en contra del proyecto. Sean quienes cultivan la tierra, sean los conservacionistas, habrá quien se oponga pronosticando un eventual efecto negativo de la obra para el riego o la vida silvestre. La disputa surgirá de la toma de posiciones con relación a objetivos o cursos de acción a seguir.

¿Debe o no construirse la represa?

Inevitablemente habrá desacuerdos sobre cuál es el principio que guía la futura decisión a tomar. Si estos problemas han de resolverse, es esencial entender los conflictos más profundos que subyacen.

Los choques ecológicos tienen muchas causas. Las personas toman posiciones opuestas porque sus intereses respecto de un resultado final se contraponen. Por ejemplo, los pescadores tienden a oponerse a la construcción de represas porque consideran que causan perjuicio a la pesca, en tanto los agricultores las apoyan porque piensan que obtendrán más agua para sus sembradíos. Una simple apreciación de las consecuencias de la nueva distribución -quién pierde y quién gana- puede proveer de una importante visión en las controversias sobre el medio ambiente. Más aún, tal apreciación puede ser el primer paso para crear soluciones: cuando las ventajas generadas por un proyecto sobrepasan las pérdidas, quienes sufrirán el efecto negativo probablemente desistan de su oposición si se les otorga alguna compensación; si por el contrario, un proyecto produce más pérdidas que beneficios, es ineficiente y deberá abandonárselo.

En los antagonismos ecológicos, sin embargo, no es del todo obvio quién gana y quién pierde.

Cualquier toma de decisión en materia de medio ambiente involucra alguna incertidumbre. Si la tecnología es nueva, nadie tendrá certeza de las consecuencias que sobrevendrán. Por ello muchas disputas ecológicas se generan por una diferente evaluación de las probabilidades. Casi podría decirse que constituyen batallas entre optimistas y pesimistas.

Aún sin verdadero desacuerdo, el conflicto puede suscitarse sobre la mayor o menor probabilidad de futuros impactos. En la medida en que las disputas ecológicas nacen de una distinta estimación de consecuencias, puede decirse que el problema radica más que nada en una diferente apreciación de valores, en que cada quien tiene su propia e individual escala. Uno priorizará el agua pura más que el aire puro viceversa.

Un caso y un llamado de atención.

En 1962 una compañía de Nueva York anunció un plan para construir una reserva hidroeléctrica con sistema de bombeo. La obra proyectad bombearía agua desde el río Hudson hacia un reservorio ubicado a cierta altura en la montaña. Otras plantas de la empresa ubicadas en Nueva York proveerían la electricidad para hace subir el agua en horarios opuestos a lo de mayor demanda. En horas pico, se dejaría correr el líquido elemento para generar electricidad adicional.

Esta propuesta suscitó gran preocupación entre los residentes, los ecologistas y los pescadores. Se temía que el proyecto arruinara la vista panorámica y las áreas de recreación, amenazara el medio ambiente local y pusiera en peligro la pesca en el río Hudson. Se conformaron diversos grupos de interés como el "Comité para la Preservación de la Vista del Río Hudson", y otros.

La primer demanda contra el emprendimiento fue iniciada por el "Comité para la Preservación de la Vista del Río Hudson" en 1.965, impugnando defectos formales en la emisión de permisos. Subsanados éstos, se dio nueva licencia, lo que provocó otro litigio.

El segundo caso fue decidido en 1.972 en favor de la empresa por falta de prueba que apoyara las alegaciones.

Pero allí no terminó todo, ya que la "Asociación de Pescadores del Río Hudson" fue a la carga aduciendo que el cambio en el régimen, de las crecidas perjudicaría las larvas de los peces. Esto motivó una suspensión del proyecto durante períodos de desove.

El último round de la batalla legal culminó cuando, en 1974, el "Comité para la Preservación de la Vista del Río Hudson" obtuvo por fin una medida prohibiendo a la empresa a tirar piedras u otros materiales al río sin antes obtener permisos especiales.

El epílogo de esta controversia no llegó hasta 1.981 en que, después de 16 años de juicios y 20.000 hojas de expedientes, las partes finalmente llegaron a un acuerdo sobre sus diferencias con la ayuda de un mediador.

Aunque no todos los casos son tan largos ni tan costosos como éste, no son raras las disputas ecológicas que duran años. Y salen caras, cualquiera sea su resultado. Si se rechazan las objeciones y la obra finalmente se aprueba, su costo se habrá multiplicado, entre tanto, los ciudadanos y consumidores habrán debido sustituir las ventajas esperadas del proyecto mediante otros recursos. Además, pueden ser necesarios enormes esfuerzos para contrarrestar el desgaste provocado por las preocupaciones sobre el medio ambiente.

Por el contrario, si las decisiones fueran rápidas, se liberaría una masa de dinero y mano de obra que podría utilizarse más productivamente, siquiera en otras causas y actividades.

Los estrechos límites de la controversia judicial en una cuestión ecológica.

En este tipo de litigios generalmente sólo se ventilan ante los tribunales algunos pocos aspectos parciales y secundarios del problema y no las cuestiones sustanciales.

En tanto los jueces no tienen poder ilimitado para decidir sobre criterios a utilizar en asuntos administrativos discrecionales, sólo se puede plantear judicialmente algún aspecto formal, la falta de cumplimiento de algún requisito o una incorrecta interpretación de la ley. Un juez dejará sin efecto una autorización cuando se haya incurrido en arbitrariedad o capricho, mas no por disentir con el principio o espíritu que guía el proyecto. En definitiva, en juicio, el actor podrá demostrar que hubo algún error de procedimiento, aunque no que existió una mala decisión política.

Como resultado, los juicios que involucran temas ecológicos no pasan de sustanciar pequeñas cuestiones procedí mentales o nimiedades legales en lugar de analizar el problema principal que se encuentra en juego. Así, los grupos ecologistas comparecerán ante el juez invocando que alguna especie de planta o animal en particular se encuentra en peligro y pidiendo su preservación en concreto, pero no podrían controvertir judicialmente un proyecto en forma global por considerarlo poco deseable. El sistema opera en forma tal que siempre se está argumentando sobre la sombra del problema, no sobre el problema en sí. La cuestión de los cursos a seguir, de la prudencia, de la sabiduría práctica, queda en el fondo de estas controversias. ¿Debe instalarse una planta nuclear? ¿Debe completarse el dique o la represa?

Son cuestiones que no salen a la luz, que raramente se encaran ni pueden encararse desde los tribunales de justicia. En definitiva, los litigios pocas veces resuelven los verdaderos diferendos entre los contendientes.

Todo es diferente con la mediación.

Por el contrario, con la mediación, la disputa se resuelve relativamente rápido, a satisfacción de las partes y, aparentemente, a satisfacción de la comunidad. Más allá de ello, todas las partes cumplirán con los compromisos asumidos.

¿Cuáles son los factores que pueden contribuir al éxito de la mediación en un conflicto tan complejo como el ecológico?

Primero, que todas las partes tengan incentivos para negociar, que posean alguna expectativa de que las conversaciones rendirán un resultado superior a otras opciones disponibles. Si no existen estos incentivos, una o más partes rehusarán participar, intentarán usar influencias políticas para modificar la decisión en otros foros y, en suma, destruirán la posibilidad de un acuerdo negociado.

Segundo, deben encontrarse objetivos compatibles, aunque no sean idénticos, que pueden estar dados por la realización del proyecto impugnado en forma económica y ecológicamente aceptable.

Las partes deben poder reconocer la legitimidad de las preocupaciones de la contraria y aceptar la compatibilidad de sus respectivas metas.

Esta aproximación cooperativa para lograr una solución ecológica y económicamente aceptable es la adecuada.

Un tercer factor es la presencia de un mediador en que las partes confíen. Más que la creencia en el proceso de la mediación, la confianza en' el mediador es lo que mueve a intentar resolver el conflicto acudiendo a esta forma alternativa.

Aparece una ventaja adicional cuando las partes interesadas pueden identificarse claramente y quedan circunscriptas -de ser posible- a pocas en número. Desde que la mediación depende de la efectiva comunicación y completo entendimiento de las cuestiones en juego por todas las partes, se facilita cuando el número de personas involucradas es relativamente pequeño.

A ello se agrega que la mediación también se ve facilitada cuando quienes negocian tienen poder para hablar en nombre de las organizaciones que invocan representar.

En suma, en condiciones adecuadas, la mediación complementa el planeamiento ecológico convencional y ayuda al proceso de toma de decisiones e implementación de políticas que puedan perjudicar el medio ambiente, tendiendo a asegurar que los planes de desarrollo sean técnicamente factibles, con mínimo impacto ecológico adverso y uso de la tecnología más probada. De esta formal la comunidad no se ve obligada a asumir más que los riesgos que -habiendo sido conocidos, evaluados, discutidos y negociados previamente en presencia de un tercero neutral-, se tornan "aceptables". Se disuelve así toda protesta a una obra útil o se desecha tempranamente la realización de la que no lo sea, con ventaja para todos.

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Elena HIGHTON DE NOLASCO
Jueza Nacional de Primera Instancia en lo Civil de la Capital Federal.
Profesora Titular de Derecho Civil en la Facultad de Derecho de la U.B.A.
Integrante de la Comisión de Mediación.